SIETE MENOS CUARTO (Y FINAL)
sobre un posavasos antes de escanciar su contenido en la taza de loza con la inicial de su nombre sobre un corazón rojo que compró en el todo a cien de la esquina. Ignora que, un minuto después me hice con otra igual con la misma inicial y el mismo corazón. Me estremezco al recordar cada sorbe que me sabe a sus labios. La luz de su ventana ha desaparecido, empieza una negrura efímera. Ahí está, en su alcoba. Toma el bolso y saca un teléfono móvil. Marca y sus labios pronuncian las palabras frías que responden a la invitación de un contestador. Odio ese teléfono, ese número y su destino ; los odio y los envidio. Paciencia.
Los reflejos de los cristales de las ventanas oscilan : ha dado un portazo al salir. Descansillo de la cuarta planta, espera el ascensor. Veinte segundos. He de abandonar mi escondite y cruzar. Tengo que verla, que contarle mi deseo, que decirle que la adoro. Diez segundos. El ascensor ya ha llegado a la portería y no sale. Escucho como el portero la reprende, si no ya estaría aquí afuera. Hoy es el día. No resisto más. Tengo que romper mi rutina de dos años, el trasiego sin sentido de mi vida en pos de una desconocida. He cruzado decidido, he pisado firme, debía encontrar su rostro enfrente y decirle que la quiero. Pero su marcha se ha detenido. Me está haciendo esperar. El maldito portero malhumorado la ha detenido ; y aquí, apoyado en la jamba de un portal de los que se usaban para coches de caballos. Los pies me pesan, enraízan y se licúan fláccidos como hierbas bajo una pisada. Tiemblo. Mi voz se ahoga en la duda. La saliva ha desaparecido de mi boca, evaporada con el calor tórrido de la espera. Quiero ser invisible, desvanecerme, sublimarme en humo y filtrarme gota a gota por las rendijas del desagüe. Quiero morir y desaparecer ya, si perder un segundo, derrotado, una vez más en mi batalla. El portero se ha callado. El silencio se rompe con sus pasos titilantes. Reúno fuerzas y me aprieto al muro. Quiero ser una pátina sucia de humo y polvo. Quiero dar sombra a los relieves, matar los reflejos de la luz de la mañana con claroscuros. No debo seguir aquí... y no tengo fuerzas para ir a otro lugar.
-¿Desea usted algo ?¿Se encuentra bien ? Tiene mala cara.
-Estoy bien.
He sonreído. Soy estúpido, me ha hablado y he sonreído con la risa plana de la idiocia. Estúpido, has sonreído con la risa hipócrita y cobarde antifaz de sentimientos. La pasión me destroza. Debo confesar mi amor o matarla antes de matarme. En el fondo ella me ama. Si no ¿por qué se ha interesado por mi salud ? ¿por qué me contempla con mirada lánguida ?. Aunque no me conoce me ama y no se atreve a confesar sus sentimientos. Y yo he sonreído. Y ella sigue su camino, se aleja hacia el horizonte del chaflán. Doblará la esquina y desaparecerá hasta mañana a las siete menos cuarto, si el transporte no lo impide, cuando amanezca la luz de su alcoba tras el cristal de su ventana.