EL HERMANO DEL HIJO PRÓDIGO Y DOS
Atravesó el umbral del portón, rodeado de sus obreros. Delante de la casa había cánticos y bailes. Los borrachos estaban más ebrios de lo que correspondía a la hora; las muchachas cuchicheaban alborozadas; los niños, inquietos, pululaban de sun sitio a otro, escudriñando alguna presencia que el herano del hijo pródigo ignoraba, se dirigó a su comadre:
-Comadre ¿Por qué este alboroto en mi casa?.
-Tu hermano ha vuelto, y tu padre rezuma alegría, ha sacrificado el mejor cebón, y esperábamos tu llegada para servir e lamesa el vino añejo, los higos y el pan caliete recién horneado.
El hermoano del hijo pródigo no le respondió a la anciana, avanzó airado hacia el zaguán, con el ceño fruncido y murmurando, sin ocultar su disgusto. Se cruzó con su padre.
-¡Hijo! Tu hermano ha vuelto! El corazón de este anciano se rgocija al ver a sus dos retoños reunidos a su amparo. ¿No te alegras?.
Se acercó a su padre con un rictus serio. Avanzó unos pasos con la mirada al frente. Se colocó junto al anciano, inclinó la cabeza para alekar los labios a su cabeza y cuchicheó: -Padre. Has sido incapaz en estos años de ofrecerme un cordero para merendar con mis amigos, y a la vuelta de ese.... - se contuvo- sacrificas el emjor cebón.
-Pero hijo, tu hermano estaba cuidando cerdos, durmiendo entre sus heces, su mala cabeza lo había perddo, había muerto y lo hemos devuelto a la vida. Tú siemper has sido bueno, ordenado, trabajador, cumplidor de los preceptos, tu hermano sin embargo...
-Y por ser tan bueno.....- calló y su gesto habló por él.
-No hijo, no lo comprendes.
-No, no lo comprendo.
DE la casa salí su hermano reencontrado, vestido con las mejore ropas del armario de su hermano, calzado con sus babubhas, y del brazo de su amante favorita.
-¿Hermano no te alegras de verme? - preguntó con sorna. Cuando se acercó, el hermano, sudoroso, pudo oler su prpio perfume en el cuerpo del regresado.
No respondió. Su rostro se puso ecarnado. sus pelos, crespos se erizaron. Avanzó hacia la casa para entrar en su cuarto, que olía a zahurda, con las ropas sucias de su hermano desparramadas sobre su lecho. Pensó que aquello era demasiado. SE sintió burlado. Se sentó en el borde de la cama atormentado, hundió la cabza ente las manos e intentó sosegarse y meditar, pero el enfado le impedía hilvanar dos ideas seguidas.
No era justo, su hermano sería capaz de dilapidar los bienes de la familia antes de la llegada ed la primavera. DEbería matarlo, invitarlo a recorrer las posesiones, y en uno de los barrancos despeñarlo; o poner su jergón junto aun nido de víboras; o envnenarlo; o sin más preámbulos mandarlo degollar, no le faltarían hombres que se ofreciesen. Pero no, era sangre de su sangre, y él seguía siendo un hombre justo, un hombre justo que había gatado su juventud en pos de su futuro, estropeado su piel al sol, sus manos con la azada y el arado, sin estudos, sin granes amores, con todo nfiado a un mañana feliz, y lo había hecho de buen grado, pero ahora ese mañana temblaba con las pisadas arrogantes de su hermano calzado con sus babuchas, vestido con sus ropas y ungido con su perfume del brazo de su pmejor amante. No podía seguir así. SE miró al espejo y se vio viejo, sin haber vivido más vida que la de la finca, sin más conversación que la de pastores, sin más amantes que unas muchachas sucias y bastas. Iba a huir, sí, su hermano le había mostrado el camino ¡ Que se las arreglase su anciano padre con su hermano! Si se arruinaba, a su vuelta, sabia que le acogerían , y atal vez su padre sacrificaría un cebón