UN LILIPUT DE MIERDA Y CUATRO
Entré tanteando las paredes para no tropezar con los cahivaches del suelo. Me había inundado una curiosidad maliciosa por lo que podía estar ocurriendo al otro lado de la puerta, máxime con una puesta en escena tan poco propia de la seriedad de su jefe.
-Sch! Me chistó con los ojos muy abiertos, en una expresión demente. levantço la mano y me invitó aapostarme al otro lado de la camilla, donde todo olía, todavía, a Lola.
-¿Y Lola? Le pregunté entre cuchicheos.
-Sch! - me volvió a chistar. más airado mientras tomaba los mandos del colonoscopio entre sus manos.
Pulsó el interruptor que ponía en marcha el aparato y en elmonitor aparecieron expresiones en inglés que anunciaban el inicio del sistema.
-Y ahor aobserva - me advirtió y pulsó el nterruptor que encendía la uz fría que iba a luminar la escena que deseaba mostrar.
Y se vio el ciego, mal preaprado, con una película de heces amarillentas, salvo algunas calvas por el lavado previo de vicente. Unos puntos se movían. Vicente pulsó el zoom.
- Míralos - sonrió sin quitar del rostro la expresión entre incrédula e insana
REalmente ra asombros. Una docena de hombrecillos corrían hacia el apéndice y la v´lavula ileocecal.. Vicente congeló la imagen , pero de nuevo demasiado tarde. Habían desaparecido.
-¿Has visto? - me apremiómientras retiraba el colonoscopio ddel paciente.
No respondí. Pensé que se trataba de una broma, como otras veces en que e paciente no era más que un gancho, un residente o un celador, y la imagen proyectada no era en tiempo real sino una grabación. Pero ya había repaado enq ue el reproductor de vídeo estaba apagado, y el manejo del zoom había sido demasiado preciso para hacerlo coincidir con la reproduccón de una imagen grabada. REcapacité, a pesar de ser cirto, era absolutamente imposible., aunque Vicente y yo lo hubiésemos visto.
-Un colon normal . le respondí por fin.
-Y en en interior ¿qué has visto? - se esytaba inquientando.
-heces.
- ¿ Y nada más ? - sus axilas se empezaban a empapar del mismo sudor que empapaba su frente.
- Nada más - respondi taxativo, con elmismo tono con que se concluye un examen oral brillante par aim presionar al examinador.
- No puede ser. ¡usted miente! - el paciente se había sentado y se encaró n Vicente por mis palabras -Hay cientos de hombrecillosen mi interior ¡Usted miente! Dígaselo doctor! - se dirigió a Vicente.
Vicente, lívido, sólo alcanzó a susurrar.
- ¿No has visto nada?.
Negué con parsimnonia cn la cabeza.
-Es un mentiroso - seta vez sí me miró, di un paso atrás - ¡Y usted un cobarde! - de nuevo a Vicente -¡sálveme, sálveme, sálveme! ¡Líbreme de los hombrecillos! - se puso en pie, cn su cuerpo desnudo de la cintura hacia abajo, con sus muslos secos y ssus testículos balanceándose al ritmo de sus gestos, se abalanzó sobre Vicente, le agarró por el cuello, con la intención inequívoca de estrangularlo.
-Tranquilícese - inteté separalos, pero el paciente, provisto de la fuerza de su locura, em empujò y me arrojó sobre la camilla.
En esas es´tabamos cuando regresó Lola
(...)