UN LILIPUT DE MIERDA Y TRES
No era un gusano sino un hombrecito,d iminuto, pero unhombrecito., con brazos y piernas, vestía un mono ceñido hasta el cuello ecolor pardusco y tenía los ojos cerrados. Estaba pálido, derrengado sobre la parede del colon. El chorro de agua le había afectado gravemente. Al instante, de los restos de una lenteja salieron dos más, y de la piel de un tomate media docena, todos vestidos igual que el primero. Mientras unos socorrían a su compañero, otros moldeaban entre sus manos bolas de mierda. las lanzaron con un tiro tan certero que cegó la vsión de la lente. Vicente colvió a la var, sin mucha fuerza, pulsó y soltó, no quería dañar a las criaturas, pero tampoco podí aperder un detalle de su descubrimiento. DEcenas de pequeñas espladas huían, e dirección unos al apéndice y otros al íleon a través de la válvula iliocecal.. Cinco de los más fornidos seguían cubriendo la retiada lanzando tormos de heces que Vicente squivaba.
Vicente pulsó el botón play del video, pero cuando lo alcanz<ó, los pequeños seres ya habían desapareceido.
-Doctor ¿ha encontrado usted algo? - se interesó el pacint angustiado.
-Eh...- Vicente dudó sobre la explicación que debía dar.
-Dígam eo que sea. Lo aceptaré - suplicó.
Vicente sabía como suavizar la notcia del hallazgo de un cáncer, savía como tranquilizar a un hipocondriaco preocupado, pero ignoraba cómo decir a alguien que tiene toda una civilizaci´n n el intestino. Se decidió por la verdad, tal cual , sin odeos.
-Tiene-usted-el-colon-lleno-de- hombrecitos - habló de golpe, como si fuese una única palabra, como recitan los niños sus primeras lecturas. De golpe también calló, esperó una repsuesta a un diagnóstico tan sorprendente.
-GRacias doctor. GRacias.- apoyó el rostro en la camilla y se echó a llorar - Tantos años diciendo que mic uerpo era el edificio de una civilización liliputiense y nadie, hasta hoy, me había creído. Tantos años tomando tranquilizantes, tan menospreciado, vilipendiado y tratao de loco hasta por mi familia, que incluso yo llegué a creerlo. Hasta hoy. GRacias. Usted me ayudará a reivindicar mi nombre. volveré a ser el maestro respetado que era. Una vida normal doctor, gracias, una vida normal. De nuevo gracias.
Vicente, con el trasncurso lento (en esas circunstancias especialmente lento ) del timpo, reflexionaba, trataba de racionalizar un hecho irracional desde cualquier perspectiva. Lola había salido. el paciente sufría esquizofrenia paranoide. Los hombrecitos ya no estaban, y no había sido capaz de poner en marcha el vídeo a tiempo ¿Quien iba a creer a un loco y a un médico que compart su delirio?
-Espere usted ubn momento. Voy a llamar a un colega.
Un testigo se le antjó a vicente una buena idea.
DEjó los mandos del colonoscopio sobre la camilla y llamó a la puerta que comunicaba con la sala adyacente, donde yo ( había olvidado anticipar que yo también tengo mi granito de protagonismo en la historia) practicaba una gastroscopia.
-Luis ¿puedes venir a mi consulta?
Luis es mi nombre. habéis supuesto bien. el rostro de Vicente apareció transido entre la puerta y el marco, cone lhabl aescandida atenazada por el pánico
-Un segundo que ya acabo - le espondí sorprendido por la visita de mi jefe ( sí Vicente era mi jefe) en tono mendicante.
Vicente había cerrado la puerta sin pestillo tras sus pasos. Había dejado a oscuras la sala y se había partado de la camilla, donde el paciente speraba con el extremo del endoscopio que brotaba de sus entrañas.
(...)