UN LILIPUT DE MIERDA Y DOS
-Túmbese boca arriba.
El paciente parecía haber menguado cerca de veinte centímetros desde la primera vez que le vieron. Obedeció con un rostro inexpresivo y se tumbó. Lola le cubrió de la cintura hasta los tobillos ( aunque encgido segñi siendo muy alto)con una sábana.
-Ahora dbe bajarse el pantalón hasta medio muslo - tdas las aseveraciones Loal las hacía con el tono de los mensajes automáticos, incluso al terminar chascaba de forma inconsciente como un gong.
Vicente ya estaba de espaldas con el dedo enguantado en alto, esperando la voz de Lola para volverse.
-Ya puede usted venir doctorrrr - exageró la erre, como simpre hacia cuando delante de los pacientes le llamaba de usted.
Con las mejillas encarnadas, la mirada al suelo para evitarel escote de Lola ( con un canalillo que mareaba), mi buen amigo Vicente se acercó.tomó asiento en el tabuerete metálico. SEparó la nalga con la mano izquierda, colocó elpulpejo del índice de la mano dercha sobre el ano y lo introdujo. El paciente hizo un respingo, pero a digerencia de lo que amí me ocurre, Vicente no sintió ni placer ni nada.
A Vicente le gustaba pasar el recto y el sigma sin ayuda, cuando llegaba alcolon dscednete recababa la colaboración dde Lola, quien alargaba la mano y procuraba cariciar con sisimulo la suya antes de asir el tubo. Vicente al sentir el contacto de la mano reiutaba la suya como sisisntese el fuego del infierno, y se cuidaba mucho de volver a acercarla. Pobre Vicente.
Todo fue normal hasta pasar el colon trasnverso. Cuando cruzó el ángulo hepático apareció ante sus ojos algo extraño. El colon derecho, las paredes, las haustras, la válvula iliocecal y el ciego estaban cubiertos de una pátina amarillenta, de una textura como de leche condensada que aminoraba la nitidez de la visión.
-¡Uy! Lola emitó un gritito, simultáneo a un tintineo sobre el suelo.
Vicente miró. El botón superior de la bata de Lola no habia rsistido el ultimo envite, dejando a la vista no sólo el cvanalillo, sino también el istmo y buena parte de sus pechos. el paciente, con los párpados apretados en un gesto de pánico ni se había inmutado.
Las mejillas del Lola habían superado el tono crema del maquillaje, y sus ojos escudriñaban a todos lados en busca de una solución aunque fuese transitoria. Tenía las manos ocupadas, era imposible hace r apaño alguno.
-¿Puedo salir doctor? - Olvidó rcalcar la erre.
- Sí...sí. Pueso arrreglármelas.... No tenga prisa.
Y Lola avandonó la sala despechugada pinzando de momento la fractura con un clip labiado.
Vicente, como hombre cabal y como médico, se concentró en la imagen de la pantalla. Había como ya he dicho algo raro: entre los restos líquidos fecales algo se movía de forma irregular, unas veces aquí, tras un haustra, y otras allá, emrgiendo de la v´lavula iliocecal.. Vicente no había visto antes ese bullir, esa especie de chapoteo, y eso que era un experto. REcordó imágenes de los atlas, gusanos de países exóticos, lso famosos áscaris. pulsó el pedal de la bomba de agua, y en el campo de visión se dibujó un remolino turbio que se fue aclarando. Aspiró el contenid del colon e insufló.. Sobre un haustra había, inmóvil, un gusano. Pulsó el botón del zoom y la imagen se amplió. No er aun gusano sino un hombrecito.......