El escritor novel y uno
El escritor se asomó por la rendija de la portezuela del buzón, en la galería que daba acceso al jardín interior del bolque de vivendas en que vivía. Si no veíanada, no quería decir que no hubiera nada, pero desde luego nada lo suficietemente importante, con lo que se ahorraría dejar la cartera y las bolsas en el suelo, no tendría que sacar las llaves del bolsillo, ni seleccionar la pequeña, ni introducirla en la cerradura, ni dar media vuelta, ni abrir la portezuela, ni aguantar la decepción de otra notificación de alguna deuda pendiente.
Pero esta vez había algo: una carta que dejaba visible la zona del remite sin remite. Abrió la portezuela. La carta se deslizó planeando hasta el suelo y cayó sobre los rstos fundidos de algo pringoso. El escritos, que hoy no llegaba de buen humor, se consideró afortunado cuando comprobó que el sobre había caído sobre un dulce de crema de chocolate, derretido, pegajoso, con una olor ácido que recordaba en algo al del vómito, pero se reconocía que era chocolate. Peor habría sido si hubiese caído sobre una de las cagadas que los perros de sus vecinos sembraban por todo el jardín. No cabía duda, mejor el chocolate , aún en su forma de gacha informe y pringosa, que la mierda, mucho mejor.
Tomó la carta del suelo con dos dedos, de una esquina. Le dio la vuelta. Esquivó las gotas que formaban churretes y se deslizaban hasta el borde, pendían, titilaban unos instantes, y se lanzaban amenazando su ropa. El remite estaba impreso en laesquina inferior derecha. Era una letra pequeña, sacó delbolsillo de su chaqueta las gafas, y leyó el nombre de la editorial a la que habíamandado su última obra, su obra definitiva, laprimera que sabía con certeza que se iba a publicar, o mejor dicho, la última que lo había llenado de una esperanza queconfiaba queno fuese vana. contuvo la respiración. Cerró los ojos, deseando una rspuesta afirmativa, aunque sabía que era poco probable, porque antes siempre habia sido rechazado. Cómo le gustaría haber perdido la cuenta de las cartas que de forma seca o edulcorada, le habían dicho no, pero no la había perdido: como la dolorosa, atesoraba en su corazón cada uno de aquellos dardos envenenados con cortés disimulo.
Consciente de que el contenido de aquel sobre podía cambiar el rumbo tranquilo, tedioso y rutinario de la vida de una dministrativo de un centro comercial, contuvo la emoción,a guantó la duda, esperó a abrirla hasta llegar a casa, en su mesa, junto a su ordenador, con la persiana baja, las cortinas corridas, a la única luz de su flexo.
Estaba muy nervios, como si fuese la primera vez de cualquier cosa, buena o mala;....
(continuará)