El niño grande y fin.
- Lo que no puede es dejarla aquí - intervino el guardia.
- Yo no muevo un dedo sin orden del juez- sentenció el médico.
- Ni yo - mostró acuerdo en su desacuerdo el veterinario.
Con los brazos cruzados Isidorico comptemplaba su regalito: se lo querían robar.
Todos e acercaron al coche del guardia que por su radio reclamaba las instucciones del señor juez.
A su espalda, se oyó un chasquido enorme y otro suave. volvieron la vista al mar, cone l tiempo justo para ver desaparecer bajo las aguas una aleta. A su alrededor, en circulos concéntrics se alejaban lasn ondas producidas por la inmersión. DEsde un punto en que la espuma se agolpaba, partían ondas más groseras, que se entrecruzaban como anillos con las otras. Las ondas chocaron entre sí y desaparecieron dejando un mar tranquilo y un silencio sólo interrumpido por la radio sin respuesta.
- Oigan, oigan, soy el juez.
En la arena quedaron unos zapatos gastados en las puntas, casi rotos, juntos, colocados con esmero, sobre una pedra para evitar la humedad.
Los zapatos son sagrados, decía su hermana a isidorico...
.....pero en el fondo del mar nadie necesita zapatos.
FIN.