El sapo iluminado
De nuevo la humedad. Despierto, bostezo y dejo la anquilosis del verano a la que me ha forzado la costra de barro reseco. Pronto podré desgarrar la cutícla mucosa, la mambrana maloliente que ha sido mi lecho. Mis ancas chirrían, se estremecen, estiran la funda elástica ya medio disuelata que me arropa.
Esto es la libertad. La lluvia es la libertad. ¡Que siga el chaparrón! ¡Que no se detenga! ¡Que empape y reblandezca mi prisión! ¡Que el agua disuelva la dictadura de la tierra! ¡Libre! ¡Soy libre!
Tengo hambre. La libertad me somete a mis instintos. Mis reservas están gastadas, y mi corazón, que ahora late con prisa, necesita energía. Tengo que ser paciente. He de evitar que la ansiedad me domine. No me puedo permitir dilapidar mis últimas fuerzas en vano. el suelo se reblandece. Pronto, con un simple empujón podré salir a la superficie. Ignoro si es de día o de noche. Prefiero la noche: el sol devasta las charcas y restaría tiempo a mi efímera existencia renovada.
Ha habido suerte, es de noche. Ya no llueve. El aguacero ha sido escaso, pero el aire húmedo desliza las nubes sobre la luna en creciente: habrá nueva precipitación, podré recuperarme sin prisa.
No comprendo mi destino, el impulso de salir del cubículo seguro donde estaba guarecido para exponerme a esta intemperie peligrosa llena de cárabos y culebras.
Hace frío. Me duele el estómago vacío. DEsfallezco. Algo bulle en el tronco del almendro. Me detengo, debo ser una roca. DEspliego la lengua como un resortey atrapo en vuelo un mosquito sabroso y crujiente, un pequeño entrante que no hace sino aguzar mi apetito. No es el único, miles revolotean a mi alrededor; en un par de horas estaré saciado, mi buche emaciado se hará redondo y restregará la humedad del suelo. Pero los instintos no conocen límite, se atribulan, se concatenan, esperan pacientes la satisfacción de uno, pata manifestarse la desazón del siguiente. Me escuece el bajo vientre. Necesito una hembra. cualquiera me serviría, tal es mi necesidad, para aparearme, y procrear, y dar continuidad a la especie; dar continuidad a mi fealdad verrucosa y aburrida; fecundar huevos que al eclosionar parirán renacuajos, que nadarán en el fango abyecto de las charcas; y con prisa ciega, crecerán, con ferocidad caníbal se comerán unos a otros, para convertirse en nuevos monstruos verrucosos comedores de moscas; y pasarán enterrados en una vida muerta su existencia de sapos; y esperarán pasivos la lluvia que reanime el sueño de su corazón.
Continuará