Han pasado muchos años desde que conocí a la que sería mi suegra. Su hijo y yo nos habíamos enamorado a primera vista. Yo divorciada, él tres años menor; yo profesora de Historia, él estudiante de Natación; él acababa de finalizar un noviazgo de cinco años con una chica perfecta, que vivía en la casa perfecta y tenía la familia perfecta.
Mi futura suegra estaba cosiendo en su antigua Singer y apenas levantó los ojos de su labor, para lanzarme una rápida, pero escrutadora mirada, detrás de sus lentes, dos segundos le bastaron para decidir que me odiaría a muerte. Tomada esta decisión, volvió a concentrarse en lo que realmente reclamaba su atención: su costura.
Nos casamos a los seis meses de conocernos. El día de la boda, la señora tenía tal expresión de amargura, como si su hijo, en vez de casarse, se dirigiera directamente al patíbulo.
El primer enfrentamiento ocurrió durante mi primer embarazo. Un día que mi marido me ayudaba en la limpieza de la casa, pues en mi estado, ya me resultaba muy difícil esa tarea. Ella no lo soportó y comenzó a gritar, diciendo que ella nunca había permitido que su marido usara un trapeador, que eso era una humillación para cualquier hombre. El disgusto fue tan grande, que estuve a punto de perder la criatura. Afortunadamente, no tuvimos que lamentar esa desgracia.
Cuando nació el niño, surgieron otros problemas, pues yo no sabía mucho de la crianza, así que ella tomó el mando y se creyó con el derecho a decidir en todo lo referente al bebé, al punto de prácticamente anular mi autoridad de madre.
Cuando en las noches el bebé lloraba y mi esposo salía de la habitación a calentar el biberón, mientras yo me quedaba calmando su llanto, ella comenzaba a vociferar improperios, porque ella nunca había permitido que su esposo calentara un biberón. Si yo le ponía abrigo al niño, que se iba a ahogar con tanta ropa; si no le ponía abrigo, que se iba a resfriar. Para ella, todo lo que yo hacía, estaba mal, yo siempre era una imprudente.
Dos años más tarde, volví a quedar embarazada, estábamos atravesando una etapa de crisis, mi esposo había sido alistado en el servicio militar obligatorio y yo había perdido mi trabajo. Ella comenzó a criticarnos y a decirle a todos que teníamos que interrumpir aquel embarazo, porque la situación no era favorable para traer otro hijo al mundo.
Yo sabía que no era el mejor momento, pero anhelaba tan profundamente aquel hijo, además había soñado que sería una niña y siempre había querido una hija hembra. Lloré mucho durante aquel embarazo y una vecina que era Pediatra, me alentaba diciéndome que "las situaciones son temporales, pero los hijos son para toda la vida".
Cuánta razón tenías, Carmencita, donde quiera que estés, te agradezco el apoyo que me diste en aquellos momentos, porque me diste fuerza para defender el derecho de mi bebita a venir al mundo. Esa hija que es hoy mi mayor alegría, mi mejor amiga, mi confidente.
Cuando la niña iba a nacer, mi suegra me pidió con gran insistencia que la nombrara Alina, como una de sus hermanas, yo había escogido el nombre de Idalmis, pero la complací, así que le di el nombre que ella escogió, a la nieta que meses antes quería eliminar.
De todas formas, ella continuó la guerra. Traía amistades femeninas, jóvenes y atractivas a la casa para intranquilizar a mi marido y poner en peligro mi matrimonio. Hablaba horrores de mí con los vecinos y seguía imponiendo sus criterios en la crianza y educación de los niños. La situación se hacía cada vez más insoportable.
Un día, cuando mi hijo tenía siete años y la niña, cinco, en medio de una discusión, no pude contenerme y solté todo lo que había acumulado dentro de mí durante tantos años. Ella hizo una escena de teatro, dijo que yo le había faltado al respeto y que no podía continuar viviendo bajo su techo.
Aquella tarde nos fuimos de la casa y al caer la noche, no habiendo encontrado donde pernoctar, tuvimos que dormir los cuatro en nuestro pequeño Volkswagen.
Al día siguiente, unos vecinos que nos querían como su familia, nos prestaron un cuarto con baño y cocina, donde sólo cabía una cama, por lo que teníamos que turnarnos, un día dormía yo con los dos niños en la cama y mi esposo sobre una colcha en el piso, al siguiente día me tocaba a mí el piso. Pero allí vivimos tres años muy felices.
Con el tiempo he aprendido que la vida es un chachumbambé y nunca sabemos cuándo nos tocará estar arriba y cuándo abajo. El cachumbambé de nuestras vidas fue subiendo y un día nos mudamos a un lindo apartamento. En ese entonces, mi suegra enviudó y ya no pudo seguir viviendo en aquella enorme casa llena de recuerdos, así que aceptó nuestra invitación de venir a vivir con nosotros.
Supongo que ella esperaba que yo le devolvería una a una todas sus humillaciones, porque ahora ella sería la que viviría bajo mi techo. Cuando la vi llegar con los ojitos tristes y aquel andar lento, arrastrando toda su viudez, olvidé de golpe todo posible resentimiento, sentí una inmensa ternura por aquella anciana desvalida que sufría y un impulso muy fuerte de abrazarla y decirle que trataríamos de hacerle la vida agradable. No le dije nada, sólo la abracé.
Aquel abrazo, unido a todo lo que hice durante el tiempo que la tuvimos en casa, los cuidados que le brindé desde que enfermó de cáncer, hasta el día de su muerte , la hicieron arrepentirse de todo el daño que me había hecho.
Aun hoy cuando llevo flores a su tumba, recuerdo su última mirada y les aseguro que fue la mirada más dulce que he recibido en mi vida. Ese día sentí que me había ganado el cielo. Espero que ella también. Que Dios la tenga en su gloria.