Siempre que veía al abuelo Juan sentado en el borde del viejo muelle

con la caña de pescar en la mano y los ojos fijos en el agua, me hacía la

misma pregunta.

"¿Qué fascinación lo llevaría a estar tantas horas en esa posición?"

Jamás despegaba su vista de aquellas aguas cristalinas, como si

su vida pendiera del anzuelo. Comencé a pensar que en otra vida había

sido un pez y que iba allí a recordar a sus ancestros.

Una noche a la hora de la cena, notamos su ausencia en la mesa,

corrimos a buscarlo y entonces lo entendí todo, había decidido reunirse con ellos

definitivamente.