Cuando desperté de mi sueño, recién comenzó la pesadilla,

allí estaban aquellas criaturas horripilantes,

lanzando bocanadas de fuego en todas direcciones,

y amenazando con sus lanzas a todos los ocupantes del autobús.

Sentí terror de que aquellos seres me

obligaran a lanzarme al abismo de fuego

que se abría al costado del camino.

Cerré los ojos y recé como nunca lo había hecho,

con fe profunda y vehemente, clamando a Dios

por ayuda desde el fondo de mi alma.

De repente me sentí ligero como una pluma

y noté que me elevaba suavemente.

Abrí los ojos y pude ver desde lo alto

cómo los demonios seguían intentando llevarse

a todas las víctimas del accidente.