CUENTO...Un libro olvidado, un alma que perdona
La historia transcurre en una época que ya no recuerdo.
Siempre me gustó jugar con los regalos que me hacían cuando llegaba mi cumpleaños o ese día que es tan especial en Navidad y que todos los niños esperamos con inmensa impaciencia a que llegue, la noche de los Reyes Magos.
Al día siguiente sin desayunar, descalzo y sin que haga falta que nadie me despierte, corro lo más veloz que puedo en dirección del salón a ver lo que han dejado los reyes tras escribir siempre una enorme carta.
Suelen dejarme 3 cosas de las que pido y en cuanto empiezo a abrir los paquetes se me olvida por completo el hambre que tengo.
Todos en casa parecen muy contentos y pasamos unos días jugando, jugando, jugando, sin ganas de que llegue la noche para seguir jugando.
Pero pronto empiezan las clases y hay que hacer deberes, así que con el paso del tiempo, los juguetes se van quedando un poco apartados.
Sin saber porqué, transcurridas algunas semanas esos juguetes se convierten en objetos que ya no tienen mucho interés, con lo que empiezas a aburrirte en casa.
_ Me aburro
Coge algún juguete.
_ Me aburren
Pues habrá que guardarlos en el baúl de los juguetes hasta que vuelvas a tener interés por ellos, si no acabarán destrozados.
¡Guárdalos!
Sin ninguna gana, fui al baúl.
Al abrirlo encontré muchas cosas que se me había olvidado que tenía y empecé a sacarlas una a una.
Hice un montón enorme de trastos a mi lado. Estaba sentado en el suelo y a mi alrededor no existía ni un pequeño hueco para dejar nada.
Cajas de puzzles, muñecos, bolas, juegos de mesas, pelotas, pinturas, piezas de un mecano que se había caído de su estuche y al fondo del todo estaba un pequeño objeto, era un libro.
Mi primer libro.
Y recordé todo el tiempo que estuve viendo sus imágenes cuando no sabía ni leer ni escribir.
Me parecía más pequeño y como si hubiera adelgazado por que ya no pesaba tanto.
Las pastas estaban protegidas con tesa film, porque se abrieron y cerrado muchas veces, pero que muchas veces.
Comencé a pasar aquellas gruesas páginas otra vez.
¿Dónde está el gato? Me preguntaba mi madre y yo tenía que buscarlo en un dibujo que era la calle de una ciudad, con edificios de distintos tamaños y las fachadas pintadas de colores, coches, tiendas, árboles, gente que paseaba, que iba en direcciones contrarias a hacer sus compras o a ir a la oficina a trabajar.
¡Mira está ahí! Señalaba contento…en la ventana de esa casa.
¿Y qué hace?
Está mirando a la calle y parece que tomando el sol.
Miré todas las páginas y decidí guardar todos los juguetes lo más rápidamente que podía.
Se acercaba la hora de cenar, tenía que colocar cada caja en su sitio y bien ordenado o no cabría nada de todo lo nuevo que iba a guardar hasta otra ocasión.
Tenía que hacerlo para tener algo de tiempo y volver a mirar aquel bonito libro que seguía guardando muchos misterios, muchas cosas por contar, y momentos para imaginar…
Mi amigo el libro estaba allí olvidado y esperando a que volviera a tomarlo entre las manos, abrir sus páginas y pasar el tiempo con él.
Cuando recogí todo el desorden, me fui corriendo a ver a mi madre y a enseñarle lo que me había encontrado, contarle todo lo que recordaba haber hecho con ella y el libro cuando aún no sabía hacer otra cosa que mirar imágenes.
¿Quieres que lo veamos juntos?
Si, después de cenar, contestó.
Fui muy contento con mi amigo debajo del brazo a esperar que llegara el momento de compartirlo con mis hermanos y juntos estuvimos pasando un buen rato.
Mi amigo el libro, no nos defraudo, como siempre tenía grandes cosas que enseñar y un trabajo por nuestra parte que descubrir.
Me había olvidado de él, aunque él seguía siendo igual de fiel que fue siempre, solo esperaba el momento que me acordara de pasar alguna parte de mi tiempo junto a él.
Un libro abierto es un cerebro que habla;
Cerrado, un amigo que espera;
Olvidado, un alma que perdona;
Destruido, un corazón que llora.
(Proverbio hindú)