Un camino tortuoso
Ayer no quise escribir, aunque lo intenté. Aunque las dos primeras cartas me sirvieron de liberación, afloraron demasiados sentimientos y no demasiados positivos , y tenía la sensación de que liberando mi angustia podía podía transmitiros un estado de animo que no es el mió en estos momentos. Pero si pensaba que el camino que comenzó el primer día, cuando vi. alejarse a mi hijo, cuando entre los dos se interpuso una puerta metálica con mirilla, una puerta que en absoluto yo podía abrir o cerrar a voluntad, se iniciaba un camino, lento, tortuoso, accidentado. Y mi angustia al recordar los momentos que os describía, eran y son la prueba de que aun seguimos en ese camino.
Al comienzo el camino se abría ante mi, un camino que no sabes a donde conduce, del que desconoces el final, pero del que eres consciente de las alternativas. Sabes que tienes que recorrerlo, pero no sabes a donde iras ni cuanto durará. A veces tengo la sensación de que el camino nunca se acaba. Lo recorres como un autómata, sobretodo al comienzo y quizás este símil sea muy válido porque pocas cosas dependen de ti. Solo la decisión de recorrerlo. La senda te la marcan, tu capacidad de decisión se anula, y no sabes ni cuando descansas. Los pasos siguen un ritmo que recuerda a una marcha militar, donde te marcan el ritmo. Te sientes como caminando en un bosque tupido, donde a veces no tienes la sensación de andar, donde a veces , cuando el descanso te vence, descubres que estas casi en el mismo sitio. Es como un camino de pistas, la inmensa de las veces confusas, débiles. Es como un sendero tortuoso, que no tienes mas remedio que recorrer.
Hoy, cuando el camino discurre por sendas mas claras, pienso en los inicios. Y lo vivo como una senda iniciativa, como un ritual de iniciación en el que te debates entre tu decisión de seguir y un deseo culposo y escapista de abandono. Quizás en la sinrazón del camino en sus comienzos adquirí la fuerza y la técnica para posteriores etapas. Son muchas las experiencias y los sentimientos de esos momentos. Incluso te enfrentas a situaciones en las que jamás pensastes que ibas a estar y que te enfrentaban a ti mismo. Recuerdo sobretodo la ausencia casi absoluta de capacidad de decisión. Yo, acostumbrado a decidir, me enfrentaba a que los demás decidiesen por mi que hacer. Yo acostumbrado a marcar el ritmo, debía enfrentarme a que otros decidiesen por mi cuando debía andar. El camino me enfrentó a mi orgullo, a mi desesperanza, a mis limitaciones y mis capacidades , a mis miedos y mis deseos.
Pero existía algo mas angustioso que sentía en aquellos momentos. Es difícil de explicar. El alejamiento físico de mi hijo me enfrentó a un hecho. El estaba ingresado para que le enseñasen de nuevo a caminar, y aunque tienes la certeza de que van en la misma dirección , no van juntos. Y te enfrentas al miedo a que no confluyan. Y eso es angustioso. A mi me hacía temblar. Si quería ayudar a mi hijo, nuestros caminos debían confluir. Y sientes la necesidad de acompañarlo desde el mas profundo amor, pero también desde otros puntos, como tu sensación de estar obligado a hacerlo, desde tu compromiso como padre, desde el deseo mas profundo.
Y durante los primeros días , en los que sientes que estas solo, en los que cada paso te llena de una mezcla de miedo y de esperanza, te inunda una sensación de cansancio. Y afloran muchos sentimientos que cambian día a día, que fluctúan. Pero también te inunda la certeza y convicción de seguir, y esperar el día del encuentro . Y rezas a quien crees y a quien no crees para pedir fuerzas.
El camino es tortuoso. Pero ha de hacerse con fuerza, ya sea desde la convicción o desde la obligación. Porque en el adquieres conciencia de que eres parte del problema, pero también de la solución. Y es fundamental para ti pero sobretodo para tu hijo el tener la convicción de que dure lo que dure, estarás ahí a su lado, te sentirá a su lado, te sabrá a su lado, nunca estará solo. Y de súbito te encuentras con tu hijo en ese camino, que no dura lo que dura el ingreso, ni lo que dura la enfermedad. EL punto de encuentro se encuentra en el sentimiento, en el corazón, en el momento que tu hijo percibe que estás ahí, a sulado. Y esa convicción te da fuerzas para seguir, y ese encuentro te llena de razones para recorrer el camino.
Al recordar el camino lo voy comprendiendo, y al compartirlo con quien lo lea, amigo anónimo o lo que sea, lo voy asumiendo. Y mas que nunca , me siento en el camino.
Me he asomado a la habitación de mi hijo. Necesitaba verlo. Me ha pasado muchas veces, y en medio de la noche, cuando el dormía un sueño mas o menos artificial y placido, me sentaba a su lado con cuidado. Aun hoy me siento. Y le escucho respirar, y le siento vivo. Y aun en sueños, le digo que le quiero.
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