Resumen de Cannes

Siempre me han gustado los artículos que tras el Festival de Cannes escriben en el Cahiers, empeñados en trazar líneas maestras de los que es el cine del presente, o del inmediato futuro. Pero vista la heterogénea y reducida muestra de películas que he podido ver no se me ocurre qué podría escribir yo acerca del mismo tema. Lo único que se puede sacar en claro son reflexiones de carácter teológico, por ejemplo: siendo Cannes aparentemente todopoderoso, está claro que no puede hacer lo que quiera, y que hasta su comité de selección tiene peajes que pagar (como probablemente ocurra también con la divinidad, que a pesar de estar agraciada con el don de la omnipotencia, a la hora de la verdad no parece probable que pueda hacer lo que le viene en gana). Así, nos encontramos que hay una serie de autores que van a competición sí o sí: Wenders o Egoyam, por ejemplo, cuyas películas han sido escarnecidas con tal virulencia que casi dan ganas de ir a verlas (su caso me recuerda al ejemplo que Ferlosio gusta de citar a propósito de una tradición hebrea: cuando un acusado era condenado por unanimidad en un tribunal, se le dejaba libre); o Eastwood, aunque en este caso el entusiasmo generado por su película le redima; o el turco Ceylan o los Dardenne, que siempre se llevan premio y esta edición no ha sido la excepción.

De lo que he visto agruparía, por ejemplo, Tres monos (la turca) con La mujer sin cabeza, la algo injustamente tratada película de Lucrecia Martel. Ambas giran en torno a mínimas anécdotas que dan lugar a una puesta en escena muy encima de los detalles. Películas de ambientes sofocantes, en ambas una mujer ocupa el centro de la escena, y en ambas el conflicto se origina a partir de un atropello, culpa involuntaria que no quiere ser asumida. Estas dos películas tienen distribución en España y podrían situarse en la zona media alta del cine de prestigio: están bien y no están llamadas a levantar pasiones.

Two lovers y La frontera del alba, aunque completamente diferentes en su posición con respecto al cine, tratan ambas de la brecha que introduce el (perdido) objeto absoluto de deseo entre un hombre y las mujeres que llegan a habitar ese espacio abierto por el objeto fundacional. Mientras que en la película de Garrel la contradicción es irresoluble y tiene un final trágico (que uno tiene la tentación de ver como un exorcismo del director, un poco como lo fue la escritura del Werther para Goethe), en la de James Gray nos encontramos (como ya comenté) con una estructura similar a la de La edad de la inocencia: el protagonista ha de conformarse con una pálida copia del deslumbrante original. La inteligencia de esta película radica en que deja espacio al espectador para que perciba la verosimilitud de la fascinación del protagonista por Gwyneth Paltrow, y a su vez sea consciente de que es una historia condenada al fracaso (como también ocurre en La edad de la inocencia): la solución “conservadora” –el triunfo del principio de realidad- se puede leer como un final feliz.

Las dos películas que el productor Luis Miñarro presentó en La quincena de realizadores (Liverpool, de Lisandro Alonso, y El canto de los pájaros, de Albert Serra) se parecen mucho: ambas tienen un lado straubiano en su minimalismo majestuoso que las condena al purgatorio de los festivales y las citas eruditas y las conversaciones de iniciados, sin que se les vislumbre vida comercial viable. Juegan sobre el adelgazamiento narrativo extremo (un hombre del que no sabemos nada se pone en camino hacia no sé sabe donde -hasta el final, en que descubrimos que va a ver a una hija deficiente y abandonada y a una madre moribunda-, unos patéticos e hilarantemente torpes reyes magos se fatigan por montañas y desiertos a ver si se tropiezan con el Mesías), el distanciamiento emocional, la extenuante duración del plano, la belleza del paisaje deshabitado. Como la música culta contemporánea, coto para entendidos (lo que no me parece mal, dado que yo me encuentro entre los mismos).

Entre les murs es una propuesta arriesgada a la que la palma de oro probablemente dé aliento comercial. Siendo un proyecto valiente, voluntariamente no juega en el campo del cine de autor. De hecho, la energía que transmite la película se debe a su carácter coral: no sólo el director, Laurent Cantet, puede atribuirse el mérito de este logro: el guionista, actor, escritor ha de considerarse coautor, y sin duda los adolescentes que pueblan la pantalla exceden en su contribución a lo que suele ser habitual en los actores de una película. El jurado premió otras dos películas de contenido “social”, Gomorra (sobre el infierno moral que impone la mafia en Nápoles) y El silencio de Lorna, de los Dardenne. Para las dos películas de más “empaque” cinematográfico, Un cuento de Navidad, de Arnauld Desplechin, y Changelling, de Clint Eastwood, Sean Penn se sacó de la manga un premio honorífico algo embarazoso, como si fueran dos productos estimables aunque apolillados, propios de otra época, cual premios nacionales otorgados a venerables poetas en el ocaso de su carrera, lo que no deja en muy buen lugar al presidente del jurado, que tuvo su momento de gloria en este festival (y en los oscars) hace unos años de la mano del propio Eastwood gracias a Mystic river.

 

(un blog escrito durante el festival en http://abbascontadas.blogspot.com)

 

 

  

Publicado el: martes, 03 de junio de 2008 19:31 por abbascontadas

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